Bendecido martes.
El amor de Dios es infinito, pero en su santidad Él aborrece el pecado. Esto no porque le guste juzgar o condenar, sino porque el pecado es lo que separa a los seres humanos de su amor perfecto y de su perfectísimo carácter. La verdad es que Dios odia el pecado porque Él es santo y puro, y no puede tolerar nada que vaya en contra de su naturaleza.
Como el Padre que también ama con ternura, Él siente tristeza cuando su creación se aleja de su camino y se entrega a la maldad.
En las Escrituras, vemos claramente cómo Dios expresa su disgusto hacia el pecado. Salmo 11:5 dice, «El Señor prueba a los justos, pero al malo y al que ama la violencia odia su alma.» Esto muestra que en el corazón de Dios hay un rechazo firme hacia todo aquello que rompe sus leyes y su justicia. Sin embargo, también es importante entender que Dios no odia a las personas, sino al pecado que las lleva a alejarse de Él. Él ama a cada uno de nosotros los humanos con un amor inmenso, buscando siempre la restauración y la reconciliación con Él.
El pecado trae consigo separación de Dios y dolor. La Biblia nos enseña en Romanos 6:23 que «el salario del pecado es muerte». Pero en medio de esa gravedad, también encontramos la gracia y la misericordia del Padre, quien envió a su Hijo para cargar con ese pecado y ofrecernos un camino de perdón y libertad. La aborrecible enemistad del pecado fue clavada en la cruz cuando Jesús pagó con su sangre.
Dios odia el pecado porque destruye lo que Él creó para ser bello y bueno. Cuando alguien persiste en pecado, se aleja del propósito divino y pierde la comunión con su Creador. Pero también, en su amor, Dios nos llama a apartarnos del pecado y a buscar su santidad. Él desea que vivamos libres y llenos de su Espíritu, que nos transforma y limpia de todo mal.
El odio de Dios hacia el pecado nunca es por capricho o envidia, sino porque Él quiere lo mejor para su creación. Desde el primer momento, su deseo ha sido que sus hijos vivan en paz, en justicia y en comunión eterna con Él. Por eso, en su amor, nos invita a arrepentirnos, alejarnos del pecado y abrazar su camino de justicia.
Por tanto, no temas, porque en Cristo tienes la oportunidad de ser lavado de toda maldad y comenzar de nuevo. La gracia de Dios es abundante y su amor no tiene límites, pero también te llama a vivir en santidad, porque esa es la verdadera bendición del que se acerca a Él con un corazón arrepentido. Recuerda siempre que, aunque Dios odia el pecado, te ama con un amor que busca tu redención y tu paz.
Recuerda siempre que: ¡Eres un milagro!