Bendiciones herman@s en Cristo, Dios con nosotros.
En el tiempo de Navidad se revela el corazón del Padre Celestial, quien desde el principio decidió enviar a su Hijo amado para traer luz al mundo. La Navidad no es solo una festividad, sino un recordatorio profundo del amor eterno que Dios tiene por cada uno de sus hijos. Es un momento en el que el cielo y la tierra se unen en un canto de esperanza, perdón y redención.
Dios, en su infinita misericordia, envió a su Hijo en humildad para que todos puedan entender que el amor más grande se manifiesta en la entrega y en la sencillez. Jesús nació en un pesebre, rodeado de animales y en un ambiente de pobreza, porque su misión era llegar a todos, especialmente a los pobres, los humildes y los necesitados. «Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Isaías 9:6). Este niño, que es también el Rey de Reyes y Señor de señores, vino a reconciliar a la humanidad con Dios.
Para Nancy y para mí, que llevamos juntos algunos años y estamos construyendo nuestra historia, la Navidad nos invita a recordar que el amor en su forma más pura es un reflejo del amor de Dios. Es un tiempo para renovar nuestros votos y fortalecer nuestro compromiso no solo en presencia del mundo, sino en presencia del Señor. La entrega, la comprensión y la paciencia son expresiones del amor que Dios nos manda vivir unos con otros.
La verdadera celebración de la Navidad es estar atentos a la presencia de Dios en cada acto de amor, en cada perdón, en cada acto de servicio y en cada sonrisa que compartamos. Es entender que Jesús, siendo Dios, se hizo hombre para que todos podamos tener vida en abundancia, y esa vida comienza en el corazón que se abre a Él.
Recordemos que la Navidad no termina en el 25 de diciembre. Es un recordatorio perpetuo de que la esperanza y la paz vienen del Señor. Cada día puede ser una Navidad si vivimos en agradecimiento y en entrega de nuestro corazón a Dios y a los que nos rodean. Porque cuando amamos como Él amó, estamos viviendo la verdadera esencia de esta celebración.
Que en esta temporada y siempre, Nancy y yo podamos encontrar la alegría de saber que en Jesús hay una paz que sobrepasa todo entendimiento y un amor eterno que nunca falla. Confiad en que Dios en su infinito amor nos guía, nos fortalece y nos llena de su luz para que nuestra relación sea siempre un reflejo del amor divino. Porque en Cristo, cada día puede ser un motivo de celebración y esperanza eterna.

Recuerda siempre que: ¡Eres un milagro!