Fe inquebrantable.

Bendecido martes.

En medio de la tierra que forma parte de su creación, Jesús mira con amor a su pueblo en Acapulco, especialmente en estos casi dos años desde que el huracán Otis azotó con fuerza y devastación. Él, que conoce cada lágrima derramada, cada lágrima caída en la rena de este hermoso lugar, desea recordarnos que la fe inquebrantable no se mide por las circunstancias, sino por la confianza firme en Dios aún en medio de las tormentas más intensas.

Ya se lo he contado a mi pareja, pero recuerdo que la noche en el punto en el que más fuerte estaba el huracán, mi mamá no podía dormir, estaba sola en la cama intranquila, yo estaba escuchando la biblia en Audio, en Génesis recuerdo, y le dije a mi mamá que se viniera al mismo cuarto en donde yo estaba y en el punto más fuerte del huracán yo estaba abrazado con mi mamá esperando que sucediera lo que fuese a suceder.. Pero sí fue algo muy fuerte porque no sabíamos cuándo iba a parar.. Solo escuchábamos las alarmas de los carros, golpes en las láminas y techumbres de las casas a nuestro alrededor. No me volvería volver a estar en una situación así nunca.

A pesar de todo esto. Jesús quiere que entendamos que en momentos de desolación y pérdida, la fe se revela en una confianza profunda en que su amor y su poder no han cambiado. La tormenta, por violenta que haya sido, no puede destruir la esperanza que Él ha sembrado en sus corazones. Él mismo dice en Juan 16:33, «En el mundo tendrán aflicción, pero confíen; yo he vencido al mundo». Por eso hermanos míos, no permanezcamos en la desesperanza, sino en la certeza de que nuestra confianza en Dios puede ser como un faro que ilumina las noches más oscuras. La fe inquebrantable es esa luz que nada puede apagar, ni las aguas de la adversidad ni los vientos del desaliento.

Jesús sabe que después de una tragedia, la herida puede parecer profunda. Pero también sabe que allí mismo, en medio del dolor, puede brotar una fe más fuerte. Porque esa fe que Él da es una semilla que crece en el terreno del corazón, alimentada por su Palabra y por la esperanza que solo en Él encontramos. A los habitantes de Acapulco, Él nos dice: «No temáis, porque yo estoy con vosotros; no desesperéis, porque yo tengo un plan y un propósito para cada uno de ustedes en medio de esta prueba».

La fe inquebrantable no solo es un acto de confianza, sino una decisión de seguir creyendo cuando todo parece en contra. Jesús nos invita a mirar más allá del presente, a poner nuestros ojos en la eternidad y en las promesas que Él mismo ha hecho: un futuro de restauración, de bendiciones, de paz. La mano de Dios puede sostenernos firmes cuando sentimos que ya no podemos más. Él es nuestra roca, nuestro refugio seguro en medio del caos que alguna vez nos sacudió.

Recordemos que en la tormenta, Él anda sobre las aguas y llama a sus hijos a confiar en su poder infinito. La fe que no se rompe en tiempos difíciles es aquella que se apoya en su amor inmutable y en su fidelidad eterna. Cada lágrima, cada herida, cada pérdida, son oportunidades para fortalecer esa confianza, para decirle, como ella oyó en lecciones pasadas, «Señor, aunque todo cambie, Tú permaneces».

Hermanos, no olvidemos que nuestra fe puede ser como las raíces de un árbol profundo, que no se doble ni se rompe, sin importar cuán fuerte sea el viento. Cuando nosotros clamamos y confíamos en Jesús, fortalecemos nuestra alma y hacemos que esa fe sea inquebrantable. Porque Cristo es la fuente de toda esperanza, y en Él generaciones enteras encontrarán el ánimo y la fortaleza necesaria para seguir adelante.

Así que, Jesús nos invita a vivir esa fe firme y constante. A no dejar que el temor nos domine, sino a mirar con esperanza la restauración que viene de su mano. Porque en medio de las pruebas, en medio de las heridas, Él está allí, con nosotros, guiando nuestros pasos, fortaleciendo nuestra alma y abriendo caminos donde no los hay.

Recordemos siempre, la tormenta pasa pero la fe debe quedarse. La fe en él, en su promesa de vida y de paz, es la que nos sostiene en tiempos de adversidad. Porque su amor supera todo temor, y su gracia es suficiente para que, viviendo en Él, podamos transformar cualquier tragedia en una oportunidad para ver su gloria manifestada en nuestras vidas.

Mantengamos su paz en nuestro corazón y confiemos en que en Él tenemos un refugio inmovible. La fe inquebrantable nos llevará más allá del huracán, hacia la esperanza eterna que solo en Jesús Cristo se puede encontrar.

Recuerda siempre que: ¡Eres un milagro!